Biografía


Confesiones de un escritor que aspira a ser libre

Agosto 13 de 19961
«Deseo repetir aquí, en este paraninfo de la Universidad Nacional de Colombia, como novelista, antropólogo y médico, que mi identidad mestiza de pueblos letrados y analfabetos no está en venta; que mi literatura no es para agradar a los colonizadores de ayer y de hoy. Por el contrario, hago declaración de fe en nuestros valores más genuinos, en la infatigable acción del pueblo por liberar su cultura».

Quiero advertir a quienes puedan sorprenderse por la inclusión de los no letrados en la familia nacional y universal de la literatura, que el carácter fundamental del discurso poético o narrativo no lo constituye el alfabeto, sino el pensamiento y el lenguaje articulado. En consecuencia, el fenómeno llamado “literatura” es el resultado de la creación colectiva de analfabetos y letrados; de adultos y niños; de varones y mujeres; de sabios y profanos. Nuestra obligación como escritores y estudiosos de las ciencias sociales, es rescatar y dignificar este acervo colectivo de los raseros impuestos por los usurpadores, cuando dividen a los pueblos en “civilizados” —los conquistadores— y “bárbaros” —los oprimidos—. En esta forma son marginados de la literatura universal millones de creadores de la palabra viva en las tres cuartas partes del planeta, escenario de sus tropelías.

«Para nosotros, escritores del Tercer Mundo, el concepto de literatura no puede ser generado, guiado e impuesto desde las metrópolis colonizadoras; nos resistimos a continuar siendo “subculturas”, sólo aprovechables por la alta tecnología para elaborar estampados y difundirlos al por mayor en los mercados del mundo».

El binomio lector-analfabeto constituye un renglón muy lucrativo para las editoras transnacionales: unos hacen parte de la población consumidora; los otros enriquecen el idioma sin retribución alguna; y muy frecuentemente el dolor y la miseria de los últimos aportan el tema de los best sellers de la literatura universal.

La respuesta defensiva es combatir el analfabetismo real y funcional para que los nuevos lectores asimilen como propios los valores del neo-colonizador. Para ello, no sólo se utilizan maestros, sino psicólogos, antropólogos, lingüistas y escritores, todos dispuestos a impedir que, por la trastienda, vaya a proliferar en Europa un mestizaje cultural mucho más indeseable que la mezcla étnica.

Estas reflexiones nos ayudan a comprender que la labor del escritor latinoamericano no se limita a escribir y enriquecerse con el vicio solitario de la lectura, sino que consiste también en ampliar con sus obras y acciones el horizonte de sus propios lectores.

«Me doy cuenta de que necesito dar más coherencia y firmeza a mis planteamientos. Para ello, hablaré un poco de mí mismo,no por ser un escritor excepcional, sino como alguien que ha dedicado más de la mitad de su vida al ejercicio de las letras».

Mi primera responsabilidad como hombre y como escritor es saberme producto de una historia, de una geografía y de un mestizaje racial y cultural. Dentro de estos tres parámetros, comprendo mi condición de colombiano y me enorgullezco de ello. Pero tal vez no está de más recordar que el ámbito de la cultura y de la historia nunca coincide con los límites políticos o geográficos de las provincias o países. La cultura universal es patrimonio del hombre; en consecuencia, las fronteras que se reconozcan como propias serán aquellas en las cuales el individuo pueda ejercer plenamente el derecho de autenticidad y no las que señalen las cartografías hipotéticas. Soy colombiano al identificarme con mis padres; con el solar donde me he nutrido y se dan mis afectos; pero ello no impide que mi condición humana me haga solidario con el peruano, con el nicaragüense, con el estadounidense, con el sudafricano, con el japonés o con el ruso. La misma conciencia que me lleva a rechazar las injusticias sociales, étnicas y culturales en mi país, me obliga a estar con el oprimido, cualquiera que sea el lugar donde se lo tiranice. El compromiso que asumo en mis obras literarias y científicas no se divorcia de estos sentimientos. Todo lo contrario, en mis libros combato las desigualdades existentes en mi patria; y a la vez expreso mi solidaridad con los tiranizados del mundo.

Tampoco puedo ignorar cuáles son los nutrientes de mi discurso literario: etnia, país, cultura y ciencia. No pertenezco a la familia de los llamados demócratas”, que dicen luchar por los derechos humanos en cualquier parte del planeta pero que se sienten libres en un país donde hay oprimidos y hambrientos. Mi libertad no comienza en el pleno ejercicio de mis derechos civiles, sino en la total libertad que tengan mis hermanos en Colombia y en Pretoria. Las cadenas que oprimen a un ser humano —y también a los árboles, animales y ríos— me hacen sentir un esclavo, aunque las argollas no cuelguen de mis brazos.

«Ser novelista no es un simple trajín de fabulación literaria, sino que supone otras responsabilidades: ser lúcido, lingüista, filósofo, científico, sociólogo, antropólogo, político, militante. Si el lenguaje es la expresión del pensamiento, la literatura debe ser el testimonio de lo que se vive, piensa y hace».

En esta responsabilidad no cabe la improvisación, la intuición o la simple fabulación a espaldas de la realidad social. Si no se ha vivido, si no hay una experiencia que comunicar, entonces el cambio de oficio se impone y la sociedad ofrece el comercio, el deporte, el circo o la guerra. Quienes practiquen profesiones que no requieran de heroísmos, sueños y disciplinas, no se hacen acreedores del calificativo de poetas, narradores, dramaturgos o ensayistas.

En mi vida siempre he compartido el dolor de los afligidos y necesitados; nací en cuna humilde, y aunque no quisiera para otros las estrecheces que he padecido, sí persisto en ser solidario con quienes luchan por alcanzar la dignidad propia de los seres humanos. La medicina, la antropología, la literatura y la cátedra libre —en la universidad, en la calle, en la escuela o el sindicato— me han enriquecido con la ciencia y la sabiduría del pueblo. Con estas experiencias de campesino asalariado, vagabundo, escritor y analfabeto, además de la autorrealización tengo el deber de sembrar, desalienar y combatir contra toda clase de injusticias.

El dominio de las letras y de los pocos latinajos mal aprendidos fueron y son un camino tortuoso. Nacido en una provincia campesina —en el municipio de Lorica, departamento de Córdoba—; las primeras filosofías las aprendí de los abuelos analfabetos y de las enseñanzas y la biblioteca paternas; Cartagena me hizo marinero soñador y bachiller; Bogotá me abrió los horizontes de la medicina y el periodismo. Los estudios teóricos y memorizados apenas si me dejaron tiempo para conferencias, exposiciones, conciertos y bibliotecas. Afortunadamente, compartí en la universidad los apuntes de clase y las inquietudes de los compañeros de otras disciplinas: las bellas artes, la arquitectura, la Ingeniería, la jurisprudencia, la economía, las matemáticas, la antropología, la sociología. Buena escuela que además contó con la cátedra callejera de las manifestaciones contra los pénsumes importados, las dictaduras y represiones de los rectores y gobernantes de turno.

He sido militante perpetuo de las luchas de los irredentos bajo todos los apelativos posibles: liberal, marxista, socialista, revolucionario, izquierdista y comunista. He compartido pan y agua con los desheredados de Colombia, México, Estados Unidos… Exasperado ante los enfermos que llegaban al hospital y salían de él sin el diagnóstico real de la enfermedad que los abatía —la miseria social—, decidí descubrirla por mí mismo conviviendo con los obreros pianosos2 de la compañía norteamericana Chocó Pacífico, tema de mi última novela, El fusilamiento del diablo; con las Kuna-Caribe de San Blas, mano de obra barata y discriminada en los restaurantes y prostíbulos de los puertos de Colón y Panamá; con los “ticos”, salvadoreños, “nicas”, guatemaltecos y “catrachos” hondureños, obreros de la United Company que convertía las repúblicas centroamericanas en plantaciones bananeras.

Después —último periplo de esta búsqueda ansiosa de mi propia identidad étnica y cultural—, transité por entre las aún encendidas cruces del Ku-Klux-Klan-, donde linchaban a mis hermanos de etnia. He visto la noche, titulé los relatos de mis desasosiegos como hambriento y desempleado por las grandes ciudades y guetos negros de los Estados Unidos.

Mi hermana Delia es parte importante en mi formación de escritor, antropólogo y combatiente. A su lado recorrí los rincones más apartados de la patria —el Chocó, la Guajira, los Llanos—, buscando las huellas de los ancestros. Conocimos en la fuente pura de la tradición oral el significado de los cantos funerarios; las canciones y el ritmo africano que vibra en la cadena del mulato; la melodía ancestral de la gaita indígena; el cante Jondo de la vaquería; el nervio templado del abuelo español que gime en la guitarra; el canto vagabundo del acordeón. Pero ni Delia ni yo fuimos simples recolectores de la herencia olvidada; nos nutrimos de ella para dignificarla, para llevarla a los más diversos escenarios sin más interés que afirmar nuestros orígenes y cultura.

Un día, con pasajes aéreos sin regreso, nos aventuramos a recorrer Europa y Asia con un conjunto de catorce valientes campesinos, analfabetos en su gran mayoría. Durante dos años desafiaron los escenarios más sofisticados de Europa y Asia —Sala Pleyel de París; Teatro Bolshoi de Moscú; Teatro del Pueblo de Pekín—, presentando con orgullo nuestro folclor, tan auténtico que sorprendió a los etnológos del Museo del Hombre en París; a los psicólogos más connotados de Berlín; a los sociólogos de Moscú y a los lingüistas del Instituto de Cultura Hispánica de Madrid. Aún recordamos el calor y la comprensión de los pueblos que se miraron asombrados en el espejo multicultural y multiracial —América, Asia, Europa y África de nuestros bailes, cantos y música—.

No fue fácil la sedimentación de los sobresaltos y conocimientos acumulados en estos largos años de peregrinaje. El cansancio, más que la prudencia, me obligó a reflexionar sobre el polvo de mis zapatos. Dicen que los difuntos salen de sus sepulturas a recoger los pasos andados en la vida … Tal vez. Lo cierto es que las cicatrices que llevamos en el alma muchas veces reviven las heridas. Creo que fue el miedo a nuevas cornadas lo que me impulsó a buscar refugio en la medicina y la literatura. Durante los cuatro primeros años de la década de los sesentas, con hogar y mujer a bordo —Rosa Bosch—, tuve la cosecha más fructífera de novelas.

Cuando tuvo conciencia de la magnitud de la epopeya de los africanos en América, tema de mi novela Changó, inédito en la narrativa pese a que pervivía en la conciencia de los pueblos del mundo, comprendí que las herramientas de trabajo empleadas en mis obras anteriores no eran las más adecuadas para salir airoso en un compromiso que exigía el pleno dominio del lenguaje oral, en cuya tradición se preservaban valiosos elementos: los recuerdos de los expoliados; el conocimiento de los mecanismos conscientes e inconscientes en el acto creativo; los fenómenos fisiológicos de la percepción, ideación y generalización la realidad que anteceden al homologamiento de la connotación y la palabra; los influjos alienantes de las corrientes y los movimientos literarios surgidos en Europa e impuestos a sus consumidores alienados de América; la distorsión de la historia contada por el conquistador y la verdaderamente vivida por el oprimido; el uso del español, eludiendo el superestrato colonizador; las censuras literarias que impone la clase dominante sobre el escritor, su oficio y su obra cuando ésta denuncia las injusticias de la realidad social; la identificación plena con los valores tradicionales emanados del mestizaje de las culturas indígenas, africanas y europeas…

«Y Podría agregar otros complejos mecanismos culturales que debí desajustar para poder escribir a Changó, el Gran Putas, la novela de un médico, escritor y antropólogo, en lo posible depurada de toda alienación. Pero debo terminar. Tan sólo deseo dejanes como conclusión un miniconsejo que se lo escuché al Diablo: Desconfíen de la literatura de los opresores si desean ser libres».

Referente bibliográfico

Zapata, M. (1997) La rebelión de los genes. El mestizaje americano de los genes. Primera edición. Altamir Ediciones. Bogotá D.F. Págs. 15-29.


1 Conferencia leída en el marco de la semana Cultural Universitaria de la Universidad Nacional de Colombia, en 1996, en la Facultad de Medicina.
2 La enfermedad del pian genera grandes epidemias en los países tropicales, así como las del paludismo, la sífilis y la lepra.

José Luis Díaz Granados1

Manuel es macizo, alegre, bullicioso por naturaleza y a propósito. Culto, amable, cuando diserta sobre algún tema específico gusta abarcarlo, desbordarlo, agotarlo. Para ello se arma de una capacidad inusitada de concentración y por lo general —algo insólito—, puede hablar durante largo tiempo con los ojos completamente cerrados bajo las espesas cejas y vocalizando cada palabra con firmeza, convencido de la verdad de lo que está diciendo, mientras enseña sus dientes grandes y perfectos.

A veces, ante un auditorio atiborrado de estudiantes, se apasiona y su voz vibra como la de un barítono hasta paralizar a la audiencia, especialmente cuando se está refiriendo a la diáspora africana que costó millones de vidas preciosas por culpa del sistema inhumano y criminal que utilizaron los colonizadores y esclavistas para el despojo y desarraigo de los nativos, el posterior transporte en condiciones infrahumanas y el trato vergonzoso del que fueron víctimas durante su cautiverio en el nuevo continente.

Entonces el oyente siente que Manuel está allí como una conciencia intemporal levantando el dedo acusador contra los opresores inclementes y encarnando todas las bellas acepciones de la negritud, el negrerío y la negredumbre, como un auténtico vocero, como un chamán, como un apóstol. Es ante todo un hombre negro del sur de América, del Caribe mestizo, que vive, sufre, agita y denuncia las injusticias sociales, las desigualdades raciales y la opresión continua de los condenados de la tierra. Su interés no es otro que el de relatar y dejar testimonio de una cotidianidad salpicada de tribulaciones y aventuras.

Manuel —el escritor, el vagabundo, el antropólogo—, nació en Lorica el 17 de marzo de 1920.

Allí vivió su “infancia sin juguetes, alimentado con bananos”, infancia llena de privaciones y de marginalidad. Educado en el colegio de su padre, no tardó en dar a conocer sus dotes de narrador —oral y escrito—, actor local y autor de libretos para el teatro escolar, siempre curioso y ávido en su deseo de atisbar el conocimiento y reinventar el ancho y vario mundo que lo circundaba.

Cursó estudios secundarios en la Universidad de Cartagena y allí en 1937, recibió el título de Bachiller. En la misma institución y sin abandonar sus aficiones literarias y teatrales, se inició como premédico, para realizar posteriormente la carrera de Medicina en la Universidad Nacional en Bogotá, donde obtendría el doctorado en 1948.

En ese entonces, Manuel Zapata Olivella era un estudiante de medicina que enfrentaba en la fría Bogotá los agobios de la discriminación no sólo racial sino étnica, hacia el nativo del Caribe o costeño. Además, venido de un hogar humilde donde conoció innumerables privaciones, veía sobrecogido la injusticia social que se vivía en las salas hospitalarias de la capital. “Los enfermos se atraían más —decía— por su llaga social que por su enfermedad misma, y cuando alguno agonizaba ante mis ojos, veía en él la víctima de la sociedad que lo fatigaba, desnutría y condenaba a muerte en un hospital desmantelado”.

Entre 1939 y 1940, mientras cursaba los primeros años de esta carrera, fue monitor de Anatomía y Fisiología en la Facultad, pero luego, el escritor en cierne, el vagabundo por autodefinición, quizás influido por sus primeras lecturas de las obras de Máximo Gorki, Knut Hamsum y Panaït Istrati, abandonaría por más de cinco años la academia para dar rienda suelta a los impulsos más apremiantes de su juventud febril.

«Desesperado, el joven estudiante anhelaba vivir experiencias personales distintas a las disertaciones abstractas de la facultad, donde “el enfermo jugaba a veces el papel de simple espectador»
[…]

Buscando una respuesta a sus inquietudes, dedicó unos meses al cultivo de hortalizas en los jardines de la Ciudad Universitaria, tratando de que la agricultura fuera una válvula de escape a su impaciencia contenida. Al mismo tiempo, escribía artículos para revistas de circulación limitada, organizaba teatro estudiantil, centros de estudios y charlas para obreros, estudios de pintura y escultura, etc.

A los 20 años la necesidad de viajar, de salir en busca de horizontes más propicios a su afán de indagar los misterios multicolores del mundo, no tanto por aquello que impulsó a Porfirio Barba-Jacob a recorrer las tierras de Centroamérica y el Caribe —a ver si “tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonría”—, sino compelido por un ansia arterial de aventurar. De aventurar porque sí, sin razón ni propósito algunos, tan sólo porque, como lo predicaba Rimbaud en una famosa boutade recogida por ahí: “Los verdaderos viajeros no son los que parten para algún lugar determinado. Son los que parten por partir”.

La primera intención fue la de imitar a Arturo Cova, el corajudo poeta de La vorágine que jugó su corazón al azar y se lo ganó la violencia. Pero al llegar a los Llanos Orientales en escala hacia las selvas del Amazonas y el Brasil, recordó que el romántico personaje de José Eustasio Rivera había sido devorado por la jungla, y entonces decidió regresar a Bogotá, algo abrumado y avergonzado consigo mismo, pero listo a emprender sin embargo una aventura de largo aliento.

En abril de 1944, después de superar incontables peripecias burocráticas debido a su falta de papeles de identidad, dinero y oficio conocido y luego de vadear un peligroso río nocturno, logró Manuel penetrar en territorio mexicano[…] La etapa mexicana fue una de las más enriquecedoras en su vida de escritor y de hombre. Allí sobrevivió como actor, albañil, conferenciante en Morelia, arrimado en apartamento de estudiantes colombianos[…] Trabajó con el periódico “Tiempo”, que dirigía Martín Luis Guzmán, el autor de la clásica novela El águila y la serpiente, quien le dio generosas lecciones de periodismo moderno.

«El inquieto y rebelde escritor no se conformó con culminar su periplo en tierra azteca. Ahora quería vulnerar el muro de Norteamérica. Quería ver y vivir en carne propia las grandezas y miserias del mítico monstruo. Sabía de antemano que el racismo imperaba, sobre todo en el Sur»
[…]

En su primer intento por cruzar la frontera, Manuel llegó demasiado tarde a la estación de ferrocarriles de Ciudad de México y el tren que conducía a los periodistas invitados por el Gobierno de los Estados Unidos para presenciar el ensayo atómico de Bikini, acababa de partir. En esa forma se frustró la visión del experimento que meses más tarde “había carbonizado a miles de seres humanos en Hiroshima y Nagasaki”. Pero Manuel es tenaz y no se rinde ante las dificultades por infranqueables que parezcan.

«Después de cuatro años de vagabundaje, en los cuales se fueron forjando a un mismo tiempo el escritor con su universo personal y el médico que buscaría a toda costa la curación del oprobioso cáncer de la discriminación racial, de la injusticia social y de la pobreza, emprendió su retorno a
Colombia».

A partir de su ingreso al Caro y Cuervo, Zapata adquirió novedosos conocimientos acerca de la escritura, que no sólo influyeron de manera poderosa en el futuro autor de Changó, el gran putas, sino también en el antropólogo, el investigador del afroamericanismo y en el lingüista que hay en este estudioso incansable de nuestros orígenes.

Fue entonces cuando se lanzó a una aventura cultural sin precedentes en Colombia, una auténtica expedición cultural que marcaría dos generaciones literarias al abrir para ella, de par en par, las puertas de su generosidad sin límites: la revista Letras Nacionales. Entonces, el novelista silenciaría su producción en este género durante 20 años.

Allí por primera vez leyeron sus textos poetas, narradores y ensayistas nacidos a finales de la década del 30 y a comienzos de la del 40, entre ellos Germán Espinosa, el consagrado autor de La tejedora de coronas, quien recuerda así este acontecimiento: “Para cristalizar aquel proyecto (Letras Nacionales), puede decirse que Manuel hizo oblación de sus años provectos, pues incluso dejó por un tiempo de escribir”.

La obra periodística y científica de Manuel Zapata Olivella se halla dispersa en diarios, suplementos y revistas especializadas del país y del exterior. Cuentos suyos han aparecido en antologías en Bogotá, Cali, Tubingea, Basilea, Berlín, Quito, Nueva York y San José de Costa Rica. Sus novelas se han reeditado numerosas veces en español y han sido vertidas al chino, ucraniano, francés e inglés. Sobre ellas se han escrito más de una veintena de libros.

En la última década del siglo XX y primeros años del siglo XXI Zapata Olivella desplegó una inusitada actividad, tanto en el orden literario e investigativo, como en el campo de la divulgación cultural. De sus 80 años de vida Manuel ha dedicado 65 a conformar un universo literario que enriquece no sólo la realidad circundante sino la cultura colombiana, latinoamericana y caribeña con sus obras narrativas y teatrales, sus estudios sobre la historia, el folclor, la ciencias sociales y el lenguaje, esto último, como luz mediadora entre el hombre y sus sueños, entre el hombre y su mundo real.

De todas las leyendas y tradiciones negras y mestizas, de sus ricas culturas orales, sus romances, sus pequeñas epopeyas, cuentos y narraciones de diversa índole y procedencia, Manuel Zapata Olivella ha tomado atenta nota para la construcción de su saga magistral. Por ello, en una acabada y persistente sinfonía coral, aparece una y otra vez el lamento perdido y recobrado del africano arrancado a la fuerza de sus raíces, despojado de su tierra y trasplantado en islas, playas, montañas y llanuras que le eran ajenas, pero que no tarda en hacer suyas.

La fidelidad de Manuel Zapata Olivella a su vocación literaria y a la continua búsqueda de elementos técnicos y humanos, abrieron, en opinión del profesor John S. Brushwood, el ciclo de la nueva novela en Colombia. Y su tenacidad —agregamos nosotros—, su trabajo incesante y los inestimables contenidos de su obra, se han de convertir en vivo ejemplo de magisterio fecundo para la novísima generación de escritores colombianos.

Referente bibliográfico

Tomado de:

Díaz, J. (2003) Manuel Zapata Olivella, su vida y obra. Recuperado de: https://manuelzapataolivella.co/pdf/MZO-SuVidayObra.pdf


1 El presente texto corresponde a la obra del escritor y periodista referenciado, titulada Manuel Zapata Olivella, vida y obra (2003). Págs. 4-50.